Guerra declarada.
En el hermoso jardín de la familia Dorante la tarde se desvanecía en tonos cálidos. Alessia, nerviosa, removía su cucharita en el café con leche. Rebeca, sentada frente a ella, observaba el vaivén de las hojas de los árboles.
—¿Qué pasa, Alessia? —preguntó Rebeca, notando la inquietud de su amiga—. ¿Es por tu presentación? Ya falta menos, sé que lo harás bien, los vestidos y todo lo demás está arreglado, no te preocupes tanto.
Alessia suspiró y miró a Rebeca directamente a los ojos.
—Rebeca, ne