La anciana, con la mirada nublada, pareció comprender algo de pronto.
—¿Emiliano, acaso te molesta que ella no te haya acompañado hasta el final? No es que no quisiera… es que cuando recuperaron tu cuerpo, estaba tan irreconocible que Gabriela se negaba a aceptarlo. Se aferró a la idea de que no podías haber muerto. Justo cuando iban a casarse…
Con un suspiro tembloroso, fijó sus ojos compasivos en Álvaro.
—Hijo, esta vida no les alcanzó. Ya suelta ese afán. Mañana mismo iré al templo para hacer