RUBI MONTENEGRO
Valentina llegó a la mansión puntualmente a las diez y diez de la mañana. En cuanto los enormes portones se abrieron y su auto se estacionó en la entrada principal, corrí a recibirla. Cuando pisó la entrada y miró hacia el techo, su boca simplemente cayó formando una "O" perfecta.
— Rubi... — susurró, girando sobre sus talones, maravillada y boquiabierta. — Si estornudas aquí adentro, creo que llueven diamantes. ¡Dios mío, amiga, vives en un palacio!
Solté una carcajada y la jal