ARES BECKETT
En cuanto las pesadas puertas dobles del auditorio se cerraron detrás de nosotros, el sonido de los periodistas gritando mi nombre y el ruido de los flashes de las cámaras se cortaron como por arte de magia. El pasillo privado de la presidencia nos recibió con un silencio absoluto y reconfortante.
Continué caminando a zancadas, guiando a Rubi hacia mi ascensor particular. Su mano aún estaba aferrada a mi brazo.
Presioné el botón de llamada. Las puertas metálicas se abrieron al inst