—Ashley, tenemos que hablar—dijo el hombre sin despegar la vista del pequeño Arnold.
—¿Qué haces aquí?—repitió Ashley la pregunta que acababa de hacer entre siseos, evitando que su hijo se percatara de la severidad en su voz.
Odiaba el hecho de que Angelo se hubiese presentado en su edificio, y odiaba más el hecho de que hubiese visto al niño.
—Por favor, hablemos—pidió Angelo con serenidad.
—No hay nada de que hablar. ¡Vete!—exigió Ashley, apretando con fuerza la mano de su hijo.
Arnold si