Cuando finalmente recobré un poco la compostura, tomé la camisa y me la puse. Me levanté de la cama y comencé a caminar hacia la puerta. Justo cuando iba a abrirla, escuché su voz.
—¿A dónde vas?
—A mi habitación, necesito tomar un baño y cambiarme de ropa —respondí, aún de espaldas.
—¿Estás enojada?
—Más conmigo misma.
—Perdón por forzarte, es solo que...
—No hace falta que digas nada. La verdad no estoy enojada contigo; si me enojara, sería conmigo misma —al final le dejé hacer lo que quiso,