Ya era casi de noche.
A través de las ventanas, el último destello de luz naranja del atardecer calentaba los rostros de las personas, y Ana miraba en silencio a Emma.
La niña era realmente encantadora.
Pero además de ser hermosa, tenía algo más que Ana adoraba.
Ana no podía expresarlo con palabras.
Después de un rato, no pudo resistir acariciar la cabeza de la niña y finalmente admitió:
—Sí, me gusta tu papá.
Emma se alegró mucho:
—Lisa, no te preocupes, no seremos obstáculos en el camino de tu