Analu
Estoy afligida. Santiago no dice nada; solo me mira como si fuera a soltar una barbaridad, y en mi mente totalmente insana ya he imaginado tantas posibilidades que no aguanto más la espera.
— ¡Di algo, por el amor de Dios! — digo sentada en el sofá.
Pasándose las manos por el pelo dejándolo revuelto, por fin se sienta a mi lado y toma mis manos; las suyas están heladas y sudando frío.
— Una vez más: si quieres irte después de lo que te diga, siéntete libre. — me dice con los ojos fijos en