44. El sabor de sus labios
Maya entonces se paraliza. Vuelve a escucharlo.
—Dímelo.
La mujer retrocede un momento. No puede ser capaz de describir su molestia impregnada de todo su rostro.
—¿Por qué lo has hecho?
Maya traga saliva, alzando las cejas
—No creí que usted preferiría denegar esa llamada, señor.
—Tú conoces está situación. Diana no tiene nada que hacer en estos lares. No debe interrumpir mi trabajo. No puede venir aquí y hablar como si nada ha pasado. Maya, no debiste hacerlo.
El mismo regaño controla su