—Marina, entrégame a la niña.
Marina abrazó con fuerza a su pequeñita, visiblemente temblando.
Permitir que le arrebataran a su bebé, que apenas tenía un mes, era como sentir que le arrancaban el alma de un solo golpe.
—No.
—Marina, será mejor que colabores. Si no, puedo sedarte hacerlo yo mismo.
La amenaza de Nicolás la llenó de desesperación y abandono.
Los labios de Marina temblaban ligeramente mientras observaba a su pequeña hija, que chupaba su pequeño pulgar con inocencia. Sus ojos se llen