36. Mía, eres mía Victoria.
— No quiero pensar en nada más que en ti y en mí, en este momento, te he extrañado tanto.
Las manos de Victoria se deslizaron por la camisa de Erwan, abriéndola botón a botón, para dejar a la vista su torso desnudo el cual beso hasta llegar a una de sus tetillas y mordisquearla, el aroma de Erwan la enloquecía, sus manos hacían desear más de él, su contacto hacía que durante un breve instante para ella no existiera nada más en el mundo que ellos dos juntos.
—No dejaré que pienses— fue la respue