22. Estás en peligro, Victoria.
Las palabras del hombre resonaron como una afrenta en los oídos de Mikhail, quien, sin perder la compostura, rodó por el suelo y apuntó su arma contra el maldito traidor. Tras un par de feroces intercambios de disparos, Mikhail regresó a su escondite, que ya empezaba a ceder bajo la presión del combate. El traidor, que había perdido la risa junto a la inocencia, experimentaba ahora en carne propia por qué su jefe, el boss Volkov, era el rey indiscutible de la mafia rusa.
—¡Muere de una vez, mal