¡Bang!
Al mismo tiempo que resonó el grito, se escuchó una explosión.
En un instante, el salón de fiestas se convirtió en un caos total.
Instintivamente, me protegí el abdomen; cuando vi que no podía escapar, caí en un abrazo cálido y familiar.
—¡Mateo!
El olor a quemado invadió mi nariz, y tras otra explosión, la gente comenzó a huir en desbandada.
—¡Dios mío, es ácido sulfúrico!
Los gritos de pánico que surgieron a mi alrededor aumentaron la desesperación.
Todos corrían tan rápido que Mateo y