Las promesas y disculpas de Julio contrastaban con su arrogancia previa.
Mateo esbozó una ligera sonrisa: —No me importa la familia Hernández. Si vuelves a lastimarla, no dudaré en enviarte a hacerle compañía a tu hermano en el infierno.
Julio se arrodilló de inmediato: —Lo siento. Confíe en mí, nunca olvidaré que he llegado hasta aquí gracias a usted. De ahora en adelante, lo llamaré papá y a la señorita Lamberto mamá.
Ahora entendía por qué Julio se atrevía a negociar con Marc, pero temía tant