En cuanto a este problema, no podía darle una respuesta.
Después de todo, recordaba que esa muchacha ya se casó.
Volví a arrancar el coche. Curveando los labios en una leve sonrisa, le respondí:
—Espero que puedas.
—Gracias.
Asintió con gusto.
Lo llevó a la entrada de su edificio, y dudé en hablar.
—Tus heridas...
—No hagas caso a lo que te dijo Alba.
Él extendió la mano para tomar los medicamentos y me consoló:
—Izan está en mi casa, que él se encargue de atenderlas.
—Está bien.
Me sentí algo