Olaia tenía un antojo insaciable por ir de compras, y me arrastraba de acá para allá sin parar por todo el centro comercial. Decía que por fin había renunciado a su trabajo, y quería consentirse un poco después de ser una mula de carga trabajando dura durante cuatro años.
—¿Ves a esa persona? ¿No es Ania? —me señaló de repente cuando pasábamos frente a un local de artículos de lujo.
Miré sin pensar:
—¡Sí, es ella!
Estaba sosteniendo un bolso que debía costar una fortuna, seguramente lo iba a co