—¿Quieres que lo haga de manera discreta o espectacular? —me preguntó con una sonrisa.
—Espectacular —le respondí sin dudarlo.
—Me lo encargaré —asintió Enzo mientras me acompañaba al auto—. Cuídate, llámame si pasa algo.
Su voz clara y gentil tenía un toque mágico que me tranquilizaba. Arranqué el auto y salí del estacionamiento. Cuando me detuve a pagar la caseta, vi por el espejo retrovisor que él seguía ahí de pie, alto y gallardo, con la mirada fija en la dirección por donde me había ido.