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José no podía aceptar lo que escuchaba.
La luz de la luna caía sobre él, envolviéndolo en un aire gélido.
Se sentó en la mesa de centro, sus piernas largas estiradas sin un lugar donde ponerlas, de forma que acababa rodeándola, marcando su territorio.
Pero sabía que no podía atrapar a Olaia.
Cuando estaban juntos, él había dicho que no la iba a restringir.
Le daría libertad para seguir viviendo a su manera, con la misma independencia con la que siempre había vivido.
Aunque le doliera, despué