Paula, furiosa, levantó los ojos al cielo.
Si no entraba, ¿acaso no habría sido un completo desperdicio caerse de esa manera?
¡Doler, dolía un montón!
Con la voz entrecortada por las lágrimas, continuó: —José, ¿y ahora qué? ¿Acaso ya no podré volver a pintar? Mi brazo no responde… ¡snif! José, ¿cómo voy a vivir si ya no puedo pintar?
José, impasible, respondió: —No te preocupes, conmigo no vas a pasar hambre, además, aún no has ido al médico. No te asustes, todo va a estar bien.
Era imposible ha