De pie sobre el piso de piedra pulida, Rosalind sentía la brisa colarse por las rendijas del balcón, alborotando algunos mechones rebeldes de su cabellera rubia, cuidadosamente recogida en un moño elegante. Sus ojos azules, amplios y luminosos, permanecían fijos en el hombre frente a ella.
Rosalind posó la mirada en la cajita rectangular de terciopelo cuando él la abrió y con un movimiento lento, sacó un hermoso collar, parecía fino, delicado, con un oro brillante, y un colgante de una rosa…