GRACE REED
UN MES DESPUÉS
Treinta días enteros de sol, arena blanca, aguas cristalinas y paz absoluta.
Estaba recostada en el asiento de cuero del jet privado, mirando por las ventanillas ovaladas las nubes blancas que pasaban como algodón de azúcar debajo de nosotros. El cielo estaba de un azul profundo, pero pronto empezaría a dar paso al gris característico del invierno que nos esperaba en Nueva York.
Suspiré, sintiendo una mezcla de melancolía por dejar el paraíso y de una extraña emoción p