DEREK THOMPSON
El sol ni siquiera había salido bien, pero la pálida luz de la mañana ya invadía la ventana sucia del autobús interestatal. El ruido del motor a diésel roncando bajo mis pies era una banda sonora constante e irritante.
Sentí un peso muerto en mi hombro izquierdo. Miré de reojo. Jessica estaba con la boca entreabierta, babeando la tela de mi chaqueta, con el cabello rubio alborotado cayéndole por el rostro. Estaba noqueada, arrullada por los baches de la carretera.
Aparté la mirad