ANDROMACA
—Buenos días Athenea —es amable con ella—ambas a mi oficina.
Sigo de largo porque ni un bolso cargo, ambas ingresamos detrás de él mientras me doy un golpe moral, observando su trasero.
Tomamos asiento frente a él que se mantiene más serio que nunca, me sonrojo cuando el recuerdo viene a mi obligándome a juntar mis piernas por la sensación que se instala en mi intimidad.
El hombre descubre el punto exacto en mi cuerpo, y es como si prendiera la calefacción de momento.
—Necesito que se