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Gabriel apenas durmió. La noche se arrastró como una sombra interminable, y cada sonido —un golpe de viento, el crujido del piso, el zumbido del refrigerador— parecía transformarse en una amenaza velada. Se incorporó varias veces, revisando las cerraduras, asegurándose de que las ventanas estuvieran bien cerradas, de que Valeria siguiera dormida. Ella, agotada por los últimos días, respiraba con suavidad, con una mano apoyada sobre su vientre, como si aún en sueños siguiera protegiendo al peque
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