En ese momento lo entendí. No me estaba pidiendo perdón por algo del pasado. Me pedía perdón porque había decidido marcharse y se estaba despidiendo de mí.
Perdí la cabeza. Volví a sujetar su rostro y le rogué entre gritos que no me abandonara.
—¡No, no, por favor, no me dejes! ¡Sé que fui una estúp