La señora Robles se quedó petrificada, respiró hondo, obligándose a mantener la compostura, y caminó hacia el televisor necesitaba ver con sus propios ojos la magnitud del desastre.
Encendió la pantalla.
La imagen era en vivo, cruda y despiadada.
La puerta de su casa, convertida en el centro de un circo mediático ,periodistas, cámaras apuntando, micrófonos alzados ,gritos que se superponían, exigiendo justicia por los asesinatos de los Cruz, el nombre de Melanie resonando como un mantra de venganza , esposa, víctima, símbolo de la impunidad.
La cámara captó el momento exacto en que sacaban a su esposo esposado, rodeado de policías, abriéndose paso a duras penas entre flashes y empujones. La multitud estalló en un grito unánime de furia, lanzando insultos, escupitajos, objetos contundentes.
Por un momento, la señora Emilia sintió que todo era una pesadilla, algo exagerado y feo. Como si la realidad se hubiera vuelto loca pero al escuchar a los noticieros hablar al mismo tiempo, con mu