El ruido de la puerta lo sacó de sus pensamientos. ¿Quién podría ser si era testigo de que Astoria se marchó? Con mala gana se dirigió a esta, para abrirla. Su gesto se frunce al ver a la persona.
—¿Qué haces aquí? —se quejó dejándole pasar.
—Antes estabas que casi me besabas las patas al verme, ¿y ahora actúas como si fuera un ser indeseable? —cuestionó Saddam con un tinte de falsa decepción en su voz mientras entraba a casa.
—¿Qué haces aquí? —preguntó por segunda vez, casi obligándolo a resp