Me sangré la herida por la fuerza que hice con la mano para no responder lo que quería decirle hace un rato. La hice llorar, ¡maldita sea! Tocaron a la puerta.
—Adelante. —Lo que faltaba, Deacon. Espero Blanca no lo haya dicho nada.
—Hola, David.
—Sigue, Deacon. —Se iba a sentar en el mueble cuando abrió los ojos.
—Está sangrando la herida. ¿Por qué no llamaste a Blanca? —Me le quedé mirando como si tuviera un tercer ojo.
—¿Me preguntas eso? —Nos miramos.
—¿Te molesta tenerla aquí?
—No es eso,