POV DE ISABELA
El piso cincuenta y cuatro de Aurora todavía olía a cemento fresco, a metal cortado y a ese sudor rancio que dejan los obreros tras una jornada extenuante, pero para mí, el aire aquí arriba se sentía como un veneno invisible que se filtraba por mis poros. Me detuve justo en el borde del balcón principal, donde el hormigón terminaba abruptamente en un vacío de cientos de metros. No había barandillas, solo la caída libre hacia las luces de la ciudad que, desde esta altura, parecía