Acusaciones y pruebas

Capítulo 4

POV de Zyliah

Habían pasado dos semanas desde aquel día.

Dos semanas desde que descubrí a Fynn con Sabrina.

Dos semanas desde la pelea que tuvimos aquella mañana en la sala.

Desde entonces, todo había permanecido extrañamente tranquilo.

Para mi sorpresa, Sabrina había evitado cruzarse conmigo.

Y, sinceramente, era lo mejor.

Todavía intentaba recuperarme de la traición de Fynn...

Y de la forma en que canceló nuestro compromiso.

Aunque algunas noches seguía llorando hasta quedarme dormida, olvidar al hombre que amaba estaba siendo mucho más difícil de lo que imaginaba.

Unos suaves golpes en la puerta de mi oficina me sacaron de mis pensamientos.

—Adelante.

—Soy yo, Dora.

Mi secretaria personal.

Sabrina también tenía la suya.

—Pasa, Dora.

La puerta se abrió y apareció una joven de cabello negro, sonrisa amable y unas gafas que le daban un aire muy intelectual.

—Buenos días, señorita. Disculpe que la moleste, pero es urgente.

Levanté la vista de los documentos que estaba revisando sobre el escritorio.

—¿Qué ocurre?

Dora respiró hondo antes de hablar.

—La oficina del cliente de Toronto acaba de llamarnos. Han decidido cancelar el acuerdo con nosotros. Dijeron que recibieron una oferta mejor de otra empresa.

Parpadeé varias veces.

No podía creer lo que acababa de escuchar.

—¿Qué...? ¿Cómo que cancelaron el acuerdo? ¿Cuándo pasó eso? No... eso es imposible. El señor Gray era mi cliente más importante. Él... Dios mío...

—No sé más que eso, señorita. Acabo de recibir la llamada y vine enseguida a informárselo.

Mi padre me había confiado personalmente esa cuenta.

Todo marchaba de maravilla.

Me había reunido dos veces con el señor Gray y ambas reuniones habían sido un éxito.

Solo faltaba cerrar el contrato ese viernes.

Después de eso...

Papá iba a ascenderme.

Se había sentido tan orgulloso cuando le conté que el señor Gray estaba interesado en trabajar con nuestra empresa.

No era un empresario cualquiera.

Era uno de los hombres más influyentes del mundo de los negocios.

Todas las compañías querían cerrar un trato con alguien como él.

M****a...

—¿Mi padre ya lo sabe? —pregunté mientras hacía girar nerviosamente el bolígrafo entre los dedos.

No soportaba imaginar la decepción que sentiría al enterarse.

—Creo que todavía no.

La compasión brilló en los ojos de Dora.

Ella sabía cuánto me había costado conseguir siquiera la primera reunión con el señor Gray.

—¿Dieron alguna explicación?

Un nudo se formó en mi garganta y las lágrimas amenazaron con volver.

—No, señorita. Solo dijeron que aceptaron una oferta mejor.

Fruncí el ceño.

—¿Sabes qué empresa hizo esa oferta? No tiene sentido. Nosotros somos los únicos que conocemos ese proyecto. Nadie más debería saber de él.

—No lo sé.

En ese momento llamaron otra vez a la puerta.

—Adelante.

No tuve ni fuerzas para levantar la voz.

Entró Julia, la secretaria de mi padre.

Llevaba un teléfono inalámbrico en la mano.

—Señorita Smith... su padre quiere hablar con usted.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

Tomé el teléfono.

—¿Hola, papá?

—¡¿Qué demonios es todo esto que estoy oyendo?!

Su grito fue tan fuerte que tuve que apartar el auricular de la oreja.

Tapé el micrófono con la mano y miré a Julia.

—¿Cómo se enteró?

—Recibió una llamada.

Respiré hondo antes de volver a llevarme el teléfono al oído.

—Papá, no sé qué pasó. Yo...

—¡Claro que lo sabes! Lo que no entiendo es cómo pudiste hacer algo así. ¡¿De todas las empresas tenía que ser precisamente nuestra mayor competencia?! ¡¿Cómo pudiste traicionarnos?!

Podía escuchar su respiración agitada al otro lado de la línea.

Comprendía que estuviera enfadado.

Lo que no comprendía era por qué me estaba acusando de algo que ni siquiera entendía.

—Papá, yo...

—¡Ven a casa ahora mismo!

La llamada terminó.

Me quedé inmóvil durante unos segundos, confundida, aturdida y asustada.

Le devolví el teléfono a Julia, recogí mis cosas y salí inmediatamente hacia casa.

Durante todo el trayecto no pude dejar de pensar en el trato con el señor Gray...

Y en esa misteriosa empresa que había presentado una oferta mejor.

Apenas crucé la puerta principal de casa, la tensión se hizo evidente.

Un pesado silencio envolvía la casa.

Las miradas que se clavaron en mí casi hicieron que perdiera el equilibrio.

Mi padre estaba sentado en uno de los sofás junto a su esposa.

En el otro estaba Sabrina.

Los tres compartían la misma expresión.

Ira.

Aunque, en el caso de Sabrina y su madre, aquella ira iba acompañada de una evidente satisfacción.

En cambio, en los ojos de mi padre también había decepción.

Respiré profundamente.

—Papá... puedo explicarlo.

—Perfecto. Me muero de ganas por escuchar cómo piensas explicar todo esto.

Abrí la boca.

Pero no salió ninguna palabra.

Mi mente estaba completamente en blanco.

La cerré otra vez.

Me pasé la lengua por los labios.

Y bajé la cabeza.

—La verdad... es que no puedo explicarlo.

—¡Es culpable, papá! ¡Te lo dije! ¡Fue ella!

Sabrina intervino antes de que pudiera añadir nada más.

La miré, desconcertada.

—¿Perdón? ¿De qué demonios estás hablando?

—Traicionaste a nuestra empresa. Traicionaste el legado de papá. Dejaste que los celos te consumieran y vendiste nuestro proyecto a la competencia. ¡Por tu culpa nuestro cliente más importante firmó con otra empresa!

La acusación me dejó completamente helada.

Pero enseguida dio paso a la rabia.

—¿Cómo te atreves? ¡Fui yo quien trabajó día y noche para conseguir que el señor Gray siquiera aceptara reunirse con nosotros! Me reuní con él dos veces. ¿Y de verdad crees que tiraría todo ese esfuerzo por la borda... porque, según tú, te tengo celos? ¿Celos de qué exactamente?

—No de qué... De quién.

Se puso de pie lentamente.

Clavó sus ojos en los míos.

—De mí.

No pude evitar soltar una risa seca, completamente incrédula.

—¿Celos de ti? ¿Te estás escuchando? ¿De verdad crees que llegaría al extremo de destruir todo por lo que he trabajado solo porque tú existes? Lo siento, Sabrina... pero te das demasiada importancia. No eres tan importante.

Mi padre frunció el ceño.

—¿De qué está hablando, Sabrina?

Ella sonrió con una seguridad que me puso la piel de gallina.

—Tengo pruebas, papá. Tu querida hija no es la santa que todos creen.

Sentí un mal presentimiento.

—¿Qué pruebas?

Sabrina sacó una memoria USB y su teléfono del bolsillo trasero de sus jeans.

Los dejó sobre la mesa.

—Aquí está toda la verdad. Ella quiso cargarme con la culpa... pero tuvo la mala suerte de que yo fui más inteligente.

Un mal presentimiento me recorrió el cuerpo.

¿Qué había preparado esta vez?

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