Mundo ficciónIniciar sesiónPOV de Zyliah
Abrí los ojos lentamente mientras un bostezo escapaba de mis labios.
Sentía la cabeza a punto de estallar.
Hice una mueca de dolor y me giré sobre la cama.
Entonces...
Un jadeo ahogado escapó de mi garganta.
Me cubrí la boca con una mano antes de que el sonido fuera más fuerte.
El corazón me latía con tanta fuerza que parecía querer salirse de mi pecho.
Y el dolor de cabeza solo empeoró.
¿Qué estaba pasando?
¿Qué había ocurrido anoche?
La silueta de un hombre alto y de complexión atlética, acostado al otro lado de la cama, me dejó completamente paralizada.
¿Quién era?
Las sábanas resbalaron por mi cuerpo.
Miré hacia abajo...
Y otro jadeo escapó de mis labios.
Estaba completamente desnuda.
—¿Qué demonios...?
El hombre se movió ligeramente.
Mis ojos se abrieron de par en par.
Por favor... no te despiertes.
Sin perder un segundo, salí de la cama tan rápido como pude.
Mi ropa estaba tirada por todo el suelo.
La recogí a toda prisa y empecé a vestirme mientras recorría la habitación con la mirada.
Fruncí el ceño.
—Esta no es mi habitación...
Agarré mi bolso, que inexplicablemente estaba junto a la puerta, y salí corriendo sin mirar atrás.
Apenas había avanzado unos pasos cuando una mujer salió de una esquina del pasillo.
No tuve tiempo de esquivarla.
Choqué contra ella.
—Lo siento... —murmuré apresuradamente.
Sentí cómo se quedaba mirándome.
En cualquier otro momento me habría preguntado si me conocía.
Pero ahora no tenía tiempo para pensar en eso.
Bajé la cabeza y seguí caminando tan deprisa como pude.
Mientras me alejaba, vi de reojo cómo aquella mujer se dirigía hacia la suite de la que acababa de salir.
No le di importancia.
Lo único que quería era abandonar ese hotel.
No entendía cómo había terminado en una habitación que ni siquiera era la mía...
Ni cómo había acabado acostándome con un completo desconocido.
—Qué estúpida fui...
Subí al auto y salí de allí a toda velocidad.
Antes de regresar a casa hice una parada en una farmacia.
Compré la pastilla del día después y me la tomé allí mismo, sin perder un segundo.
Cuando llegué a casa...
Sabrina estaba cómodamente sentada en la sala.
—Por fin llegaste.
La ignoré por completo e intenté subir a mi habitación.
Pero ella se colocó delante de mí para bloquearme el paso.
Respiré hondo, intentando controlar la tristeza y la impaciencia que me consumían.
—¿Qué quieres?
—Nada en especial —respondió con una sonrisa llena de burla—. Solo quería saber cómo se siente mi queridísima hermanita después de verme ayer con su ex prometido. ¿Ya te encuentras mejor?
Apreté los puños con fuerza, obligándome a contener las lágrimas.
No pensaba darle esa satisfacción otra vez.
—Apártate, Sabrina. No tengo nada que hablar contigo.
—Pues yo sí tengo algo que decirte.
Su sonrisa se ensanchó.
—¿Por qué no te mueres de una vez?
La miré sin poder creer lo que acababa de escuchar.
—¿Qué...?
—Solo estás estorbando en mi camino. Pensé que era la mejor forma de quitarte de en medio de una vez.
Se encogió de hombros con total tranquilidad.
Como si no acabara de decir que quería verme muerta.
Quise golpearla con todas mis fuerzas, pero no fui capaz.
Tragué saliva.
—Muévete, Sabrina. Eres una persona horrible.
Ella soltó una carcajada.
—Te duele. Lo sabía.
Volvió a reír.
—No soy horrible, querida hermanita. Solo sé conseguir lo que quiero.
—Puedes conseguir lo que quieras sin hacer daño a los demás. Pero eres exactamente igual que tu madre.
Las lágrimas volvieron a resbalar por mis mejillas.
—¡Perra!
Su bofetada me golpeó con tanta fuerza que caí al suelo.
—¿Cómo te atreves a insultar a mi madre?
Me señaló con un dedo tembloroso por la rabia.
—¿Sabes qué? Si dices que mi madre es mala, al menos sigue viva. ¿Y la tuya? Está muerta. Pudriéndose bajo tierra, justo donde debía terminar. Y tú deberías reunirte con ella cuanto antes.
Aquellas palabras hicieron estallar algo dentro de mí.
Que hablara de mi madre con semejante desprecio...
Que dijera que merecía morir...
Perdí completamente el control.
Me levanté de un salto.
Y, por primera vez en mi vida...
Le lancé un puñetazo.
Fue ella quien terminó en el suelo.
La sangre comenzó a brotar de su nariz mientras gemía de dolor.
Permanecí de pie sobre ella, respirando con dificultad.
—Hazme todo lo que quieras. Quédate con Fynn. Es todo tuyo. Me da igual.
Las lágrimas seguían cayendo sin control.
—Pero no vuelvas a hablar de mi madre. Jamás.
Mi voz tembló de rabia.
—Puede que esté muerta... pero sigue siendo mil veces mejor que la perra que te dio la vida.
Sentí que el corazón volvía a romperse.
Extrañaba tanto a mi madre...
Sin mirar atrás, subí corriendo las escaleras hacia mi habitación.
—¡Esto no va a quedar así, idiota! ¡Vas a pagar por haberme golpeado!
Los gritos furiosos de Sabrina me siguieron hasta el segundo piso.
No respondí.
Ya no tenía fuerzas.
Los sollozos apenas me dejaban respirar.
Al entrar en mi habitación lancé el bolso sobre la cama y me dejé caer detrás de él.
Las lágrimas seguían cayendo sin parar.
En pocos minutos, la almohada ya estaba completamente empapada.
Llamaron a la puerta.
Pensé que sería alguna de las empleadas de la casa.
—Por favor... quiero estar sola.
—Si no abres esa puerta ahora mismo, Zyliah, la voy a tirar abajo.
Abrí los ojos de golpe.
¿Natasha?
¿Qué hacía allí?
¿Y cómo sabía que estaba en casa?
No tenía ganas de hablar con nadie.
—Se te acaba el tiempo, Zyliah.
¿Delia también estaba con ella?
Solté un gemido de resignación.
Me obligué a levantarme de la cama y caminé lentamente hasta la puerta.
Apenas la abrí...
Las dos se lanzaron sobre mí para abrazarme.
—Ahora cuéntanos qué pasó —dijo Natasha sin rodeos.
—O mejor dicho... qué ha estado pasando desde ayer —añadió Delia.
Me hundí entre sus brazos.
El calor de sus abrazos.
Su perfume familiar.
Todo aquello me hizo cambiar de opinión.
Quizá no quería estar sola después de todo.
Las necesitaba.
Las necesitaba desesperadamente.
Natasha cerró la puerta con el pie mientras las dos me guiaban hasta la cama.
Cuando finalmente se separaron de mí para observarme mejor, Delia fue la primera en hablar.
—Tienes un aspecto horrible.
Natasha asintió enseguida.
—Tienes los ojos hinchados... y la cara también. Llevas horas llorando.
Las miré a las dos.
Entonces recordé algo.
—¿Cómo sabían que estaba en casa?
—Llamamos a Fynn —respondió Natasha con una mueca de disgusto—. Estaba insoportable. Nos dijo que él no era tu niñera ni tu ángel de la guarda.
—Se comportó como un completo idiota —refunfuñó Delia—. Sigues peleada con él, ¿verdad?
Las lágrimas volvieron a brotar sin remedio.
Negué lentamente con la cabeza.
—No fue una pelea...
Mi voz se quebró.
—Lo perdí todo.







