Julio se enderezó, sonriendo alegremente.
—Dices eso, pero ambos sabemos que ahora mismo sólo estás suplicando mi ayuda.
Sus estatus se habían intercambiado para siempre, así que Julio sintió que por fin podía expresar su descontento con el tono del viejo.
—Sí —contestó Ernesto en voz baja.
Al ver que se rendía, Julián gruñó:
—¡Muestra un poco de respeto, Julio César! ¿No querías el título de cabeza de familia? Pues ahora lo tienes. ¡Más vale que al menos seas agradecido con el abuelo!
—¡Julián