DIEGO
—¿Me queda como te lo imaginabas?
No, le queda mejor. Pero soy incapaz de decirlo porque estoy clavado al suelo como un gilipollas, admirándola. Me relamo los labios y no hago ni un sólo esfuerzo por dejar de imaginarme las mil cosas que quiero hacerle.
Ella se balancea, despacio, alisándose la falda con las manos como si quisiera asegurarse de que la miro. Por supuesto que la miro. No podría mirar a otra cosa aunque quisiera.
—¿Entonces...?
Toda la sangre me baja a la polla. Coloco las