El eco del cuerpo de Lucian contra el pavimento de la callejuela quedó sepultado por el estruendo de los tambores de la plaza. El silencio que siguió en la azotea no fue de paz, sino de una pesada y espesa melancolía. Gabriel no se movió de inmediato hacia la tableta caída; en su lugar, sus ojos buscaron a Aura.
Ella estaba allí, de pie bajo la luz de plata de la luna marroquí, con el vestido verde esmeralda rasgado en el muslo y el cabello deshecho, cayendo sobre sus hombros como una cascada d