El aire en el despacho de la torre estaba tan cargado que resultaba difícil respirar. Lucian, cegado por su propio ego y por la presencia embriagadora de Aura, no notó la frialdad en los ojos de ella mientras se inclinaba sobre su hombro. El dispositivo oculto en su collar emitía un zumbido imperceptible, capturando cada pulsación de la tableta encriptada.
—Es una fortuna que podría comprar naciones enteras, Aura —susurró Lucian, su aliento rozando la oreja de ella—. Y ahora es nuestra. No más