El silencio que siguió era ensordecedor. Nolan se quedó inmóvil, como si las palabras de Alaia lo hubieran golpeado en lo más profundo de su ser.
Durante unos segundos, no supo qué decir, pero finalmente, desvió la mirada.
—Yo no... puedo —dijo en voz baja, con una mezcla de cansancio y desesperación—. No puedo amarte, Alaia.
Alaia se negó a aceptar sus palabras. Sabía que no eran ciertas.
—¡Mientes! —exclamó, sus ojos llenos de lágrimas.
Se acercó a él, sin darle tiempo a reaccionar, y con fi