La luz blanquecina del día nevoso entró por la ventana, traspasando las finas cortinas beige que colgaban de ella.
Parecía hacer frío, pero no para las dos personas que se encontraban durmiendo casi desarropadas, en la gran cama que había en la habitación.
La chica pelinegra se encontraba dormida de costado, con los brazos extendidos sobre el colchón y su largo y precioso pelo extendido sobre la almohada. La sábana le cubría de cintura para abajo, excepto una de sus piernas que estaba flexiona