El comedor del Hotel de Paris era sofocantemente íntimo.
Era uno de esos salones privados donde las paredes estaban cubiertas de seda acolchada, diseñadas para absorber el sonido de negociaciones de alto riesgo o discusiones multimillonarias. Esta noche, se sentía como una sala de interrogatorios con mejor iluminación.
Marcus mantenía la cabeza baja, observando la luz de las velas bailar sobre la superficie de su pesada copa de cristal. Bebía un Burdeos vintage, pero sabía a ceniza. Cada vez qu