Damon corrió directo hacia mí.
—¡Valeria!
Sonó un disparo.
Damon tropezó, pero siguió avanzando. La sangre brotó de su hombro.
—¡NO! —grité.
Llegó hasta mí y cortó las cuerdas que ataban mis manos con un cuchillo.
—¿Puedes caminar?
—¡Estás herido!
—Estoy bien. ¿Puedes caminar? —Sus ojos estaban intensos, concentrados solo en mí.
—Sí, pero—
Me tomó de la mano y me levantó. Corrimos hacia la salida.
Detrás de nosotros se oían más disparos. Gritos. El sonido de la pelea.
Salimos al exterior. Había