—¡¿Qué carajos?! —gritó Emma, cerrando los ojos con fuerza mientras el café negro, caliente y pegajoso le chorreaba por la cara, arruinando su maquillaje perfecto y empapando su ropa de diseñador.
—Te lo mereces, perra arrogante —le espetó Camilia, con la voz temblando por la adrenalina. Giró sobre sus talones para marcharse, pero Emma, cegada por la rabia, se abalanzó hacia adelante. Con un violento empujón, Emma estrelló las manos contra los hombros de Camilia, enviándola de golpe contra el s