Alan y Alison llegaron a una callejuela oscura, flanqueada por edificios desgastados y grafitis que parecían contar historias de otro mundo. Alan observó con desconfianza el lugar, mientras Alison, con paso seguro, lo animaba.
—Deja de fruncir el ceño, Alan —dijo Alison mientras bajaba del auto—. A veces, salirse de la zona de confort es lo único que queda cuando lo que está en juego merece la pena.
—No sé si esto es salir de la zona de confort o directamente entrar en una película de mafiosos