—¡Katherine! —Anna Collins la recibió en la entrada de la casa y ambas se unieron en un entrañable abrazo.
—¡Ay, nana! Te he extrañado una barbaridad —dijo con sinceridad—. Nunca pensé que lo diría, pero extrañé mucho esta casa…, a mi padre —admitió en voz baja.
Ambas mujeres pasaron al jardín y se sentaron juntas en la glorieta que su padre un día mandase a construir para ella sin saberlo. Les llevaron algunos tentempiés y bebidas para que hablaran con tranquilidad.
—Estás tan hermosa, Katheri