Desde la oficina de dirección, el edificio parecía otro universo. Alto, perfecto, ordenado. Todo exactamente donde debía estar. Y yo, como siempre, en el centro de ese orden. Imperturbable. Infalible. En absoluto control.
Al menos eso creí hasta que la vi a ella.
Desde la ventana observé a una mujer arrodillada, calmando a una niña que nadie más quiso tocar. Una niña cubierta de tierra, temblando, pequeña, vulnerable.
Mi niña. Mi hija. La pequeña que secretamente representaba la única fisura en