Nunca imaginé que terminaría en el asiento de un auto lujoso, junto a un CEO que parecía sacado de una novela, escuchando la propuesta más absurda —y aterradora— de mi vida.
Un contrato de matrimonio.
No pude evitar reír, aunque fue más un suspiro nervioso que otra cosa. Lo miré de reojo. Él no sonreía. Hablaba en serio.
—¿Estás… estás bromeando? —pregunté, esperando que lo estuviera. Que todo fuera una especie de prueba extraña, un test de personalidad de esos que solo los ricos entienden.
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