La luz al final del túnel se volvió cegadora. Un dolor punzante acompañó al despertar de Alessa en el hospital. Dolía porque seguía viva, había fracasado una vez más en liberarse.
El desconsuelo de su llanto se interrumpió con una arcada. La garganta le ardía como si hubiera tragado fuego y tenía el estómago revuelto. Estaba segura de que alguien se lo había sacado, lo había pisoteado y vuelto a meter.
Una enfermera entró, le preguntó cómo se sentía. Ella dijo que quería estar muerta.
—Tienes u