—¿Me esperabas? —pregunté sonriendo. Metí mis manos en mis bolsillos y observé como ella estaba allí con su cabeza apoya en sus brazos cruzados en el marco de la ventana.
Estaba dormida porque cuando me escuchó abrió sus ojos y se los restregó seguido de un bostezo.
No podía creer que se hubiera quedado dormida en la ventana. Alguien pudo hacerle daño. A veces podía ser tan ingenua y, diablos, eso me robaba más el corazón.
—Sí —susurró ella sonriendo.
—Así me gusta —le dije de vuelta y observé