Rubí miró a Serena con impotencia.
—Si ese es el caso, deberías dejar de pensar en eso —sugirió con suavidad.
Serena asintió con un leve murmullo en señal de reconocimiento. Aún se veía muy pálida, pero no dijo nada más.
Rubí, llena de dudas, sentía que Serena le ocultaba algo. Sin embargo, al verla en tan mal estado, no creyó que fuera el momento adecuado para presionarla.
—Rubí, me voy a casa. Sigamos en contacto —dijo Serena, volviendo a mirarla. Su rostro seguía luciendo terriblemente pálid