Rubí, impotente, respiró hondo varias veces. Solo pudo irse junto con Dylan y Stephen.
Al llegar a la puerta, Marcus aún insistía con dureza:
—¡No te lleves a Dylan contigo! No necesitas cuidarlo por ahora.
Dylan cambió de expresión. Antes de que pudiera hablar, Rubí se agachó, le dio unas palmaditas suaves y le habló con paciencia:
—Buen chico. La herida de papá le duele mucho y está de mal humor. Ve a la escuela, ¿sí? Mamá también tiene que ir. Yo te recogeré por la noche. ¿De acuerdo? A papá