Sherry permaneció en silencio unos segundos antes de decir con cautela:
—Señora, no se enoje por esto. Al fin y al cabo, usted sigue siendo su madre, al menos de nombre. No importa lo que haga, no podrá hacerle daño.
La señora soltó un largo suspiro.
—A mí no me hará nada, pero… mi hijo…
Parecía que quería decir más, pero se contuvo. Era evidente que llevaba un peso en el corazón, aunque no deseaba exponerlo.
Las palabras de la señora hicieron que Sherry sintiera un leve dolor en el pecho. Tras