—¡No! —suplicó Dylan entre lágrimas—. Mami, vuelve y haz tu tarea en casa. Te prometo que no te molestaré, que no necesitaré que me des de comer ni mi medicina. Haré todo solito. Mami, por favor, vuelve rápido.
Al oírlo, Rubí lloró aún más. Quería llevárselo con ella, abrazarlo y no soltarlo jamás, pero no tenía ese derecho. No podía seguir escuchando su llanto sin que el corazón se le rompiera en pedazos.
—Sé un buen chico. Mamá está muy cansada y necesita estar sola unos días. No llores, cari